Los paraguas son para el verano

Después de un invierno húmedo y frío, se empiezan a intuir por toda China los calores que nos dejarán sin respiración durante el próximo verano. Sobre todo en el centro y al norte del país, donde el mercurio se ponía casi a diario en negativo, el cambio ha llegado de forma brusca. Hace unas pocas semanas un viento helado dejaba las calles desiertas en cuanto caía el sol. Hoy, las terrazas están llenas de lagartos extranjeros que absorben cada rayo para recuperarse poco a poco del paréntesis siberiano.

Y con el calor, han tomado las calles cientos de paraguas. Las mismas mujeres chinas que ante la lluvia fina apenas se inmutaban, han corrido a cubrir cada centímetro de su piel para proteger la lividez que llevan meses cultivando. El moreno aquí es feo, el color vulgar de los trabajadores. Mientras en España los locales de rayos UVA prometen mantener bajo la lluvia el bronceado veraniego, en China la cosmética trabaja para conseguir una piel más pálida cada día. Igual que nuestros dentífricos, cada crema para la piel asegura tener un efecto blanqueante superior al de su competencia.

Pero el sol aprieta y las sombrillas no son la única solución, sólo una más de las que la chinas de todas las edades acumulan para no dejar su palidez a la improvisación. Durante el verano, proliferan las prendas más diversas: desde largos guantes más allá del codo, estilo Gilda pero de un mustio tejido blancuzco, hasta manguitos similares a los que vestían los banqueros en los westerns de Holywood. Sin embargo, el artefacto más inquietante es una especie de visera de soldador hecha con plástico teñido y que cubre casi toda la cara. El invento libera las manos de las motoristas sin dejar su cara a merced del sol.

Sus consecuencias las sufre, en cambio, el resto de la humanidad. Junto a la máscara de tela con la que suelen taparse nariz y boca, la careta traslucida provoca en las conductoras una imagen sumamente perturbadora, algo entre extraterrestre recién aterrizado y asesino en serie. Más de una vez, al levantar la vista por la calle y descubrir a ese extraño ejercito acercándose, dan ganas de dejar la bicicleta a un lado y salir corriendo. Un susto que, pese a todo, bien vale haber abandonado los duros días de invierno.

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El sexo, enemigo político

El sexo aterra a las dictaduras. Se autoproclamen de izquierdas o de derechas, prácticamente todos los regímenes totalitarios de la Historia parecen creer que es en los dormitorios, entre gemidos, donde se trama su derrota. La libertad sobre tu propio cuerpo, con quién y cómo decides disfrutar, es algo imperdonable para aquellos que tratan de introducir la ideología o la religión, según el caso, hasta el ámbito más íntimo de sus ciudadanos.

China ha dado un nuevo paso en ese sentido. La dictadura del pueblo ha decidido que el propio pueblo no hable de sexo. O al menos que no escriba sobre ello. Una sexóloga china se ha quejado de que la censura que el Gobierno ejerce sobre la Red está afectando a su trabajo.  Desde hace semanas, los correos que contenían la palabra sexo, un buen porcentaje en el caso de una sexóloga, eran interceptados.  Desde su servidor de correos se lo confirmaron: un empleado le aseguró que tan pronto como eliminara la palabra prohibida podría seguir utilizando su correo con normalidad.

La actitud del Partido recuerda, en parte, a la obsesión compulsiva de la Iglesia Católica con la vida sexual tanto de sus parroquianos como de los ajenos. El ridículo llega hasta el punto de que otro de los términos en cuarentena son las palabras “hermano y hermana” siempre que vayan unidas. Los censores ven en ello una clara alusión al incesto. El razonamiento es equiparable a tachar a “El hombre que susurraba a los caballos” de pornografía zoofílica.

La represión sexual  alcanza también al mundo audiovisual. Hace unos años, el Gobierno decidió restringir en las producciones nacionales los contenidos poco respetables. La medida incluía, por supuesto, “las actividades sexuales, escenas de violación o prostitución, exposición obscena de genitales o pervertidos sexuales”, pero también conversaciones vulgares,  “canciones sucias y ciertos efectos de sonido”.

Consuela que los jóvenes chinos, como muchos cristianos en el caso de la Iglesia, viven la sexualidad con mucha más normalidad que sus dirigentes. Cada vez es menos raro ver jóvenes besándose en público con una efusividad incompatible con la abstinencia en privado. Más del 70 por ciento de los jóvenes chinos reconoce haber tenido relaciones prematrimoniales y el consumo de juguetes sexuales no hace más que crecer. La censura y la represión sólo han conseguido darle al sexo una pátina de modernidad, de revolución. Del puritanismo que impuso Mao contra el libertinaje de occidente, y que él nunca cumplió, apenas queda en la calle un vago recuerdo.

(Magnífico documental “La revolución sexual china”)

 

Chicas dóciles

Algo avergonzado, consciente de que paga con dinero lo que ya no puede conseguir por otros medios, un hombre occidental de unos setenta años se abraza a una jovencita china, de apenas veinte, en una discoteca de Shanghai. Ni siquiera hablan. Él es demasiado mayor para ponerse a aprender mandarín y ella apenas es capaz de balbucear unas palabras en inglés. Se limitan a permanecer juntos. Ella baila mientras él, pegado pero quieto, la agarra. Trata de mantener la dignidad todo lo posible dadas las circunstancias.

Es una excepción. No resulta extraño ver hombres maduros, más allá de los 50, que empujados por la testosterona y el alcohol acaban subidos a la barra del brazo de alguna china mientras sus compañeros de trabajo los jalean. Él no. Se limita a esperar que pase el tiempo. Esa misma noche, se acuestan. Ella salda la deuda y, además de una noche de gasto muy por encima de sus posibilidades, se saca algo de dinero para caprichos. Si tiene suerte, al día siguiente repetirá con el mismo empresario. Si no, será con otro.

La historia se repite por gran parte de los bares de Cantón, Beijing o Shanghai. Por lo general, cuantos más occidentales, más putas. Son los europeos y americanos, fuente inagotable de dinero fácil, quienes provocan la demanda. La miseria que envuelve a gran parte de la población se encarga de la oferta. No resulta raro que en los alrededores de las principales ferias empresariales haya chulos repartiendo fotos de chicas como si fueran tarjetas de trabajo. Incluso aprovechan las ventanas de los taxis, abiertas durante el verano, para deslizar folletos llenos de contactos. Saben que es un negocio seguro. Los mismos que en España miran con recelo al novio de su hija y creen en la virginidad hasta el matrimonio, aprovechan la lejanía de casa para acostarse con chicas a las que triplican la edad. Muchos lo convierten incluso en tema de chanza y preguntan entre risas, sin repartos: “¿Donde podemos encontrar, ya sabéis, chicas dóciles?”.

Y los bares lo consienten. Curiosamente, cuanto más caros y exclusivos sean, más prostitutas buscan clientes. Algunos exhiben carteles anunciando la prohibición, pero nadie hace nada para cortar un negocio que resulta lucrativo para todas las partes implicadas.

Las autoridades tampoco se dedican en cuerpo y alma a parar el tráfico de mujeres. Cada año cientos de miles de mujeres son detenidas y fichadas, pero prácticamente siempre las redadas se dedican a la prostitución de bajo nivel. La de los antros de masajes que proliferan por barrios humildes. En China con el dinero, más si cabe cuando es extranjero, nadie se mete.