China cierra las webs en las que los ciudadanos denunciaban la corrupción

Durante las últimas semanas, China ha vivido gracias a Internet una revolución contra la corrupción. Siguiendo el ejemplo de la India, media docena de páginas surgieron para que, de forma anónima los ciudadanos denunciaran los casos de corrupción que descubrían en su día a día. La mayoría no eran de gran cuantía, sólo el famoso guanxi, la corrupción de medio pelo que permite, por unos cientos de yuanes, agilizar trámites o evitar multas, pero dieron visibilidad a uno de los fenómenos que más cabrea a los ciudadanos. El aluvión fue inmenso. Algunos medios calculaban en más de 100.000 las denuncias. La cifra cobra sentido si se la compara con el número de condenados por este tipo de delitos que cada año publica el Gobierno, cerca de 150.000.

Ante la avalancha anticorrupción, algunos internautas vaticinaban que el Gobierno acabaría censurando las páginas, pero pasaban los días y seguían operativas. Esta semana, por fin, el Gobierno ha decidido cerrarlas permanentemente. El argumento principal ha sido el anonimato de las denuncias, el mismo que protegía a los usuarios del miedo a represalias. Las autoridades mantienen que la ausencia de registro y datos personales favorece las denuncias falsas y las venganzas personales. Llama la atención, sin embargo, que la medida no se haya tomado antes y sea ahora, cuando las denuncias amenazan con empañar el brillo del aniversario del partido comunista, cuando de repente haya decidido proteger a sus funcionarios de la envidia ajena.

China roza el millón de millonarios

Nueva York, la meca del capitalismo occidental, es una de las ciudades del mundo donde conviven más millonarios y más pobres. Pekín, centro político de la China comunista, también.

Según el informe del Instituto de Estudios Hurun publicado ayer, el gigante asiático roza ya el millón de millonarios. Concretamente, 960.000 empresarios y hombres de negocios chinos, 85.000 más que hace un año, disponen de un patrimonio superior a los 10 millones de yuanes (algo más de un millón de euros). 60.000 de ellos, los calificados de multimillonarios, reconocen una fortuna superior a los 100 millones de yuanes (10,7 millones de euros).

Las causas del aumento en el número de ricos, casi un 10 por ciento respecto a 2010, son reveladoras de un régimen que se sigue calificando a sí mismo de comunista. El mismo incremento de los precios de la vivienda que impide emanciparse a los jóvenes ha disparado el negocio de los promotores.  Uno de cada cinco reconoce haberse hecho rico gracias a los negocios inmobiliarios. Gurús de la bolsa (un 15 por ciento), empresarios (55 por ciento) y altos ejecutivos completan el espectro de la elite económica china.

Toda esa riqueza descansa sobre una inmensa población acostumbrada a rentas miserables. El sueldo mínimo más alto de china es, desde hace un mes, el de la provincia de Zhejian. Allí las fábricas pagan 1.310 yuanes mensuales (al cambio cerca de 140 euros) a los trabajadores que sostienen el sistema de exportaciones baratas.

El siglo pasado, Churchill aseguró irónico que “el vicio inherente al capitalismo es el desigual reparto de la riqueza, mientras que la virtud inherente al socialismo es el equitativo reparto de la miseria.” Ahora podemos ir más allá: Cuando la tiene, el comunismo es perfectamente capaz de repartir la riqueza de forma desigual. Las ideologías también las compra el dinero.

Máscaras fuera

Las situaciones críticas permiten a un pueblo mostrar su imagen más sincera. Los desastres naturales son como las borracheras, hacen caer las mascaras y convierten al valiente en héroe, al precavido en temeroso y al mezquino en un verdadero hijo de puta. Quizá por eso reconforta la reacción de los chinos al ver la entereza con que se han comportado sus vecinos de Japón.

No es ningún secreto que el expansionismo nipón de pasado siglo provocó una riada de odios por toda Asia. En Nanjing, a unos kilómetros de Shanghai, los soldados japoneses asesinaron a sangre fría a cientos de miles de hombres y violaron sistemáticamente, a veces hasta la muerte, a millares de mujeres, desde niñas hasta ancianas. Esta humillación fue la chispa que prendió de nuevo el nacionalismo chino y no es difícil encontrar personas mayores a las que les arde la mirada cada vez que alguien les habla del Sol Naciente. “Bu hao, hen bu hao”; “malo, muy malo”, explican meciendo la cabeza.

Sin embargo, los jóvenes chinos son diferentes. En sus retinas no pesan las impresionantes imágenes de la matanza ni conocieron a ninguna de sus víctimas. Han crecido asociando el país a la tecnología que desde hace unos años inunda el mercado chino. A sus ojos, Japón fue capaz de superar la derrota de la Segunda Guerra Mundial y de convertirse en una potencia mundial. “Nosotros crecemos, pero seguimos siendo pobres”, me explica Wan Lei, un universitario de Cantón. El civismo y la resignación con los que la sociedad japonesa está encajando uno tras otro los desastres de la última semana, ha impresionado a los jóvenes chinos. Muchos reaccionan con un pesimismo muy alejado del nacionalismo de sus abuelos. “Aquí nos mataríamos por conseguir un kilo de arroz, no se podría salir de casa”, confiesan. Las tragedias, saben, son caldo de cultivos para los peores instintos. El martes por la noche, bajo el torrente de información que llegaba de Japón, comenzaron a circular mensajes falsos que atribuían augurios catastróficos a la BBC. Según los textos, la radiactividad llegaría en unas horas a Shanghai. Pese al desmentido, al día siguiente, la sal yodada se agotaba en buena parte de los establecimientos de la costa este.

Pero en China también hay quien demuestra que las tragedias pueden unir pueblos. Durante el fin de semana después del terremoto, cuando aún no se sabía nada de las consecuencias del desastre, algunos internautas mostraron en las redes sociales chinas su alegría por la desgracia de Japón. “Lo tienen merecido”, se vanagloriaban. La reacción fue inmediata. Cientos de comentarios tacharon durante horas a los autores de “miserables” y “despreciables”. Aun sin desastres, en China también hay pequeños héroes dispuestos a combatir los hijos de puta.


Chicas dóciles

Algo avergonzado, consciente de que paga con dinero lo que ya no puede conseguir por otros medios, un hombre occidental de unos setenta años se abraza a una jovencita china, de apenas veinte, en una discoteca de Shanghai. Ni siquiera hablan. Él es demasiado mayor para ponerse a aprender mandarín y ella apenas es capaz de balbucear unas palabras en inglés. Se limitan a permanecer juntos. Ella baila mientras él, pegado pero quieto, la agarra. Trata de mantener la dignidad todo lo posible dadas las circunstancias.

Es una excepción. No resulta extraño ver hombres maduros, más allá de los 50, que empujados por la testosterona y el alcohol acaban subidos a la barra del brazo de alguna china mientras sus compañeros de trabajo los jalean. Él no. Se limita a esperar que pase el tiempo. Esa misma noche, se acuestan. Ella salda la deuda y, además de una noche de gasto muy por encima de sus posibilidades, se saca algo de dinero para caprichos. Si tiene suerte, al día siguiente repetirá con el mismo empresario. Si no, será con otro.

La historia se repite por gran parte de los bares de Cantón, Beijing o Shanghai. Por lo general, cuantos más occidentales, más putas. Son los europeos y americanos, fuente inagotable de dinero fácil, quienes provocan la demanda. La miseria que envuelve a gran parte de la población se encarga de la oferta. No resulta raro que en los alrededores de las principales ferias empresariales haya chulos repartiendo fotos de chicas como si fueran tarjetas de trabajo. Incluso aprovechan las ventanas de los taxis, abiertas durante el verano, para deslizar folletos llenos de contactos. Saben que es un negocio seguro. Los mismos que en España miran con recelo al novio de su hija y creen en la virginidad hasta el matrimonio, aprovechan la lejanía de casa para acostarse con chicas a las que triplican la edad. Muchos lo convierten incluso en tema de chanza y preguntan entre risas, sin repartos: “¿Donde podemos encontrar, ya sabéis, chicas dóciles?”.

Y los bares lo consienten. Curiosamente, cuanto más caros y exclusivos sean, más prostitutas buscan clientes. Algunos exhiben carteles anunciando la prohibición, pero nadie hace nada para cortar un negocio que resulta lucrativo para todas las partes implicadas.

Las autoridades tampoco se dedican en cuerpo y alma a parar el tráfico de mujeres. Cada año cientos de miles de mujeres son detenidas y fichadas, pero prácticamente siempre las redadas se dedican a la prostitución de bajo nivel. La de los antros de masajes que proliferan por barrios humildes. En China con el dinero, más si cabe cuando es extranjero, nadie se mete.