Rato, Strauss-Kahn y el poder de los emergentes

Rodrigo Rato tiene la suerte de tener entre sus sucesores a alguno de sus mejores valedores. Le ha ocurrido una vez tras otra: La torpeza de quienes se quedan, no hace sino adornar su figura nada más abandonar el puesto. El ejemplo del PP es clarísimo. Tras perder la batalla del cuaderno azul contra Rajoy, la desidia del gallego hizo crecer la imagen del ex ministro entre el descontento electorado popular. En los peores momentos, tras la segunda derrota, cuanto más se tambaleaba el líder conservador, más corría entre los disidentes, a modo de consigna, el nombre del salvador. Incluso en el campo estrictamente económico, Rato se benefició del homenaje al humor absurdo que se precia de practicar en cada aparición pública el pintoresco Cristóbal Montoro. Por comparación, pocos dudan ya en España de que el ex vicepresidente de Aznar tiene en su poder la varita que hace crecer el empleo y sanea las cuentas públicas por arte de magia.

A Rato sólo le quedaba escaparse de la desastrosa gestión que tuvo al frente del Fondo Monetario Internacional. Mientras los banqueros mezclaban el futuro global con hipotecas basura, el organismo seguía pronosticando crecimientos sin fin. Cuando la música paró de golpe, a Rato, el reputado economista, le pillaron saliendo por la puerta, aun en pleno éxtasis del baile.  No resulta del todo incomprensible: con un sueldo de casi 400.000 dólares anuales libres de impuestos es francamente complicado interiorizar el concepto de crisis.

También en este caso, el tiempo ha acudido en su ayuda. Su sucesor, el mismo que criticó su gestión públicamente, ha lavado, sin desearlo, los pecadillos del español. Un presunto violador deja siempre peor sabor de boca en los medios que un banquero confuso. Por eso uno espera a la justicia en un piso de Nueva York y el otro lidera en España el anunciado suicidio de las cajas de ahorro.

Ante el historial de los últimos líderes del FMI, los países emergentes han decidido medir sus fuerzas en el reparto del poder económico internacional. Hasta ahora Europa y Estados Unidos mantenían una tradición excluyente. Mientras uno lideraba el FMI, el otro hacía lo propio con el Banco Mundial. Sin debate ni injerencias ajenas.

Esta vez puede ser diferente. Cuando parecía que iba a apoyar a Christine Lagarde, China se ha desmarcado pidiendo democracia dentro del órgano. Un candidato alternativo, aunque no sea chino, ahondaría en la pluralidad del poder que desde hace años reclama el gigante asiático. No está solo. Le respaldan los otros BRIC y gran parte de Sudamérica, en total los responsables de una buena parte del PIB mundial y de la enorme mayoría de su crecimiento.

Pese a todo, probablemente la candidata francesa acabe ocupando el sillón que acaba de abandonar su compatriota. El aviso, sin embargo, ya está dado. Por primera vez, China ha enseñado los dientes.

Anuncios

El mundo entero aplaude las ejecuciones extrajudiciales

Que China aplauda y celebre un asesinato extrajudicial no es algo que deba sorprender. Más si cabe cuando el ejecutado es uno de los personajes que, de forma involuntaria, más ha colaborado en aliviar las tensiones entre Pekín y Washington durante la última década.

La explicación es simple: Todo Imperio necesita su archienemigo.  A finales de los noventa, con la Unión Soviética en el desguace, en el catálogo americano de grandes villanos sólo quedaba China, un gigante comunista  que empezaba a pugnar por hacerse un hueco en el mundo capitalista. Fue entonces cuando Osama Bin Laden apareció y, sobre 3.000 cadáveres, reclamó para sí mismo el cetro del mal. Gracias a él, Estados Unidos y China encontraron de pronto una causa común. La lucha antiterrorista sirvió a ambos como justificación para dejar a un lado la legalidad y dar rienda suelta a su autoridad en sus respectivos patios traseros. Uno en Irak o Afganistán, otro en XingJiang, se aferraron al principio del mal menor: contra el terrorismo, todo vale.

China es, además, un país donde la seguridad jurídica es poco más que un concepto presente en los libros de Derecho. Una muerte a tiempo, o una paliza, amenazas e incluso un buen soborno pueden corregir situaciones que con la ley en la mano se embrollan y no hacen más que atraer críticas internacionales. El Gobierno chino, como cada vez más el estadounidense, quiere soluciones, no problemas.

Sí me ha sorprendido, en cambio, comprobar que a la felicitación china se ha unido ufana la práctica totalidad de los dirigentes mundiales. Incluso los más cautos, como Zapatero, aventuran que habría preferido un juicio, pero, a falta de pan, buenas son tortas. Sólo unos pocos han denunciado a los cuatro vientos lo que acababa de tener lugar: una ejecución, una sangrienta y esperada venganza, terrorismo de Estado,…

Ssoosay via Flickr

En los comics de hace años, el malo acababa siempre entre rejas, muy pocas veces moría. Lleno de rabia, pero consciente de su responsabilidad, el héroe acababa perdonándole la vida. Nunca se rebajaba a acabar con él con sus propias manos. Ese gesto era el que distinguía al bueno del villano. Con miles de civiles muertos en Irak y Afganistán, al “mundo civilizado” sólo le quedaba la Justicia para exhibir algo de legitimidad. Desde hace tiempo, ni eso.

Edito: Algunos periódicos chinos se preguntan hoy jueves quién será el próximo enemigo de Estados Unidos. ¿Iran, Siria… o China?

China, aún muy lejos de la revolución de los jazmines

A la hora de  abordar la política china, muchos analistas pasan por alto una realidad incontestable: China no es Egipto. No existe el descontento masivo que alcanzaba a toda una generación de jóvenes, ni la sensación de que el país se despeña mientras los mismos de siempre observan desde lo alto del acantilado. Aquí existen diferencias, muchas veces atroces, pero la enorme mayoría mejora un poco cada día que pasa. Hoy son más ricos que hace 10 años y probablemente dentro de cinco lo serán mucho más. Al menos, eso creen.

Las revoluciones nacen cuando las expectativas de futuro son peores que las actuales, cuando los sueños de la juventud se estancan y mueren. Pasó en Egipto y Túnez, pero también en algunos países europeos. Los jóvenes franceses e ingleses dieron una lección a los indolentes veinteañeros españoles cuando salieron a la calle contra los recortes sociales. El “There is no future” de los Sex Pistols saltó a algunas de las pancartas que paseaban por Londres y París.

Pero en China, tanto el presente como el futuro están de parte del Gobierno. Quienes no habían imaginado hablar por teléfono jamás ahora manejan un móvil táctil. Muchos que conocieron el hambre durante el Gran Salto Delante de Mao, sufren ahora para decidir que televisión llevar a su salón. El PIB per cápita no deja de crecer y la población empieza a incorporarse a una sociedad de consumo en la que desde hace años ya vivían sus dirigentes.

La confirmación de que la revolución china está aún lejos de ser realidad ha llegado a través del Proyecto sobre Actitudes Globales del Centro Pew. Una encuesta realizada el año pasado muestra las diferencias con el Magreb. El 87 por ciento de los chinos se mostraba satisfecho con la marcha del país, frente a sólo el 28 por ciento de los egipcios. La economía es aún más reveladora: El 91 por ciento de la población china opinaba que la situación era buena, 71 puntos más que en Egipto. Y la prueba de fuego: Dos tercios de los chinos confesaban haber mejorado su calidad de vida en los últimos 5 años frente al escaso 18 por ciento de los egipcios.

La revolución de los Jazmines nació de un hombre desesperado en el que toda la sociedad tunecina se vio reflejada. Cuando Mohamed Bouazizi, un joven informático en paro al que le arrebataron el puesto ambulante con el que mantenía a su familia, se quemó a lo bonzo, muchos jóvenes vieron en él su propia historia. En China esa historia también existe, pero no el caldo de cultivo que permite hacerla universal,  que hace que prenda arrasando un gobierno tras otro, como sí sucedió en los países árabes. En China, por ahora, no habrá revolución.

 

Japan disaster

New yorker - Japan disaster

 

New Yorker demuestra por qué sigue siendo una referencia.

¿Cuantos birmanos vale un libio?

La ONU se parece cada día que pasa más a un viejo y destartalado autobús. Cada vez que se mueve lo hace chirriando, de la forma más lenta, ruidosa e incómoda posible, sólo el conductor decide a donde va (a quién no le guste que se baje) y, por supuesto, no esperes nada de él sin una buena reserva de petróleo de por medio.

Un mes después de que Gadafi empezara a aniquilar a su propio pueblo, los mismos líderes mundiales que hace unos años jaleaban sus gracias, se han dado cuenta de que el payaso ya no les hace reír. No ha sido hasta que los cadáveres se apilaban en los caminos cuando se han percatado de que el viejo loco empieza a ser incluso algo molesto, el típico invitado que se toma demasiadas confianzas y acapara la comida. Han tenido que esperar a que las morgues libias empiecen a rebosar para invocar la “responsabilidad de proteger” que desde 2005 se supone que rige las decisiones del máximo órganos internacional.

En Birmania, (como en Sudan o Congo) la situación es peor.  Desde hace décadas, el régimen militar de Myanmar lleva a cabo limpiezas étnicas sistemáticas en las que se ha torturado y asesinado a miles de civiles. Las violaciones de mujeres se han convertido en una rutina de algunas secciones de su ejército, en ocasiones con la participación de oficiales de alto rango.

Sin embargo, los desmanes de la Junta Militar no hacen peligrar las calefacciones ni el tráfico de occidente. Mueran o no civiles, haya o no revueltas en Birmania, la economía de Europa o Estados Unidos seguirá su curso completamente ajena. El coste de una intervención y la existencia del derecho a veto de las grandes naciones que rigen el mundo hacen impensable que la situación cambie. Como España, a quien también se le denegó el apoyo para librarse de los golpistas, Birmania deberá esperar a que la dictadura decida firmar su propia abolición.

La intervención en Libia es, como decía, Luis García Montero, “incómoda, pero necesaria”. Lo que se hace insoportable es el silencio del que hace gala la ONU en otros conflictos, sea por ausencia o por exceso de intereses. Como decía hace poco el blog “La Ciencia y sus Demonios”, no es cierto que todas las vidas humanas valgan lo mismo.