La corrupción china y sus chivos expiatorios

“La causa del Partido Comunista de China jamás fue  el beneficio personal”. La queja indignada de un veterano soldado maoista, uno de los pocos que ha sobrevivido para ver en qué derivó la revolución, resume bien el sentir generalizado de la sociedad china. Todos los sondeos coinciden en que, junto a la inflación, la vivienda o la sanidad, la corrupción es uno de los problemas que más preocupan a los chinos. En un sistema que propugna la igualdad, muchos observan el banquete al que sólo algunos cuadros comunistas y empresarios afines al partido están invitados. Cada año, las diferencias entre la población son mayores y en lo alto de la pirámide siguen estando los mismos que hace cuarenta años. Los hijos y nietos de quienes instauraron el sistema son quienes más se benefician de él.

Masivo proceso contra la corrupción en Fujian

Al contrario de lo que se cree en occidente, China es un país cada vez más descentralizado donde las administraciones sub-estatales tienen un margen amplio de actuación. Cada entidad tiene amplios poderes para regular multitud de cuestiones, imponer tasas o aprobar proyectos de una cuantía considerable. Incluso el Gobierno central, en apariencia todopoderoso, se ve obligado a negociar algunas de sus medidas con los líderes regionales para lograr que entren en vigor. Y cada administración, por supuesto, tiene su personal. Entre cientos de miles de funcionarios, no es difícil encontrar a quien admita dinero a cambio de acelerar trámites, otorgar concursos o facilitar una recalificación millonaria. La situación se agrava por culpa del sistema de financiación de los ayuntamientos, que dependen casi por completo de la venta de tierra. De los 150.000 sancionados el año pasado por aceptar sobornos, sólo 5.000 pertenecían a administraciones de distrito o superiores. No en vano, el nivel de confianza hacia los órganos centrales es muy superior al que consiguen los organismos locales.

Mao enunciando las tres disciplinas.

Pese a ello, sin una legitimación en las urnas, el Gobierno debe conservar la imagen de gestor inmaculado, de guía y luz de la revolución. Fue Mao quien a principios de siglo, con la revolución aún en pañales, enunció las “tres disciplinas”: Obediencia a las órdenes, entregar los artículos confiscados a las autoridades correspondientes y no tomar nada de la gente.

Pocos dudan de que con el tiempo se han traicionado esos principios. Esa creciente sensibilidad de la opinión pública ha empujado a los diferentes agentes a tomar medidas para recuperar la credibilidad. Hasta los medios de comunicación, que por norma evitan cualquier crítica al gobierno, se han lanzado a investigar casos de corrupción local con más libertad de lo habitual. Por su parte, las autoridades, conscientes del descontento, cada cierto tiempo ofrecen una pieza de caza mayor a la opinión pública.

La última ha sido el ex alcalde de Shenzhen, una de las ciudades más importantes del país, tanto en población como en actividad económica. Xu Zongheng, de 55 años, ha sido condenado a muerte tras comprobarse que aceptó sobornos por valor de unos 3,5 millones de euros. La pena queda, sin embargo, en suspenso durante dos años y es probable que sea conmutada por cadena perpetua gracias a la confesión que firmó el condenado.

Esa persecución, aunque sincera por parte de gran parte del aparato del partido, está aún muy lejos de acabar con esa cadena de favores e influencias que en China se conoce como “guanxi”. El término, único en el mundo, reúne una mezcla de sobornos, favores entrelazados, enchufes y relaciones sociales. La suerte de algunas empresas, tanto en la resolución de multas como en la concesión de permisos o el trámite de contratos, depende en gran medida de la relación que tengan con los funcionarios. Muchas dedican, de hecho, una parte relevante de su tiempo a cultivar esa faceta de la burocracia china y destinan un porcentaje relevante de sus presupuestos a gastos de difícil justificación. De nuevo, el comunismo no se libra de los mismos vicios que el peor capitalismo. Aquí también existen los “amiguitos del alma”.

El sexo, enemigo político

El sexo aterra a las dictaduras. Se autoproclamen de izquierdas o de derechas, prácticamente todos los regímenes totalitarios de la Historia parecen creer que es en los dormitorios, entre gemidos, donde se trama su derrota. La libertad sobre tu propio cuerpo, con quién y cómo decides disfrutar, es algo imperdonable para aquellos que tratan de introducir la ideología o la religión, según el caso, hasta el ámbito más íntimo de sus ciudadanos.

China ha dado un nuevo paso en ese sentido. La dictadura del pueblo ha decidido que el propio pueblo no hable de sexo. O al menos que no escriba sobre ello. Una sexóloga china se ha quejado de que la censura que el Gobierno ejerce sobre la Red está afectando a su trabajo.  Desde hace semanas, los correos que contenían la palabra sexo, un buen porcentaje en el caso de una sexóloga, eran interceptados.  Desde su servidor de correos se lo confirmaron: un empleado le aseguró que tan pronto como eliminara la palabra prohibida podría seguir utilizando su correo con normalidad.

La actitud del Partido recuerda, en parte, a la obsesión compulsiva de la Iglesia Católica con la vida sexual tanto de sus parroquianos como de los ajenos. El ridículo llega hasta el punto de que otro de los términos en cuarentena son las palabras “hermano y hermana” siempre que vayan unidas. Los censores ven en ello una clara alusión al incesto. El razonamiento es equiparable a tachar a “El hombre que susurraba a los caballos” de pornografía zoofílica.

La represión sexual  alcanza también al mundo audiovisual. Hace unos años, el Gobierno decidió restringir en las producciones nacionales los contenidos poco respetables. La medida incluía, por supuesto, “las actividades sexuales, escenas de violación o prostitución, exposición obscena de genitales o pervertidos sexuales”, pero también conversaciones vulgares,  “canciones sucias y ciertos efectos de sonido”.

Consuela que los jóvenes chinos, como muchos cristianos en el caso de la Iglesia, viven la sexualidad con mucha más normalidad que sus dirigentes. Cada vez es menos raro ver jóvenes besándose en público con una efusividad incompatible con la abstinencia en privado. Más del 70 por ciento de los jóvenes chinos reconoce haber tenido relaciones prematrimoniales y el consumo de juguetes sexuales no hace más que crecer. La censura y la represión sólo han conseguido darle al sexo una pátina de modernidad, de revolución. Del puritanismo que impuso Mao contra el libertinaje de occidente, y que él nunca cumplió, apenas queda en la calle un vago recuerdo.

(Magnífico documental “La revolución sexual china”)