Expatriados en su burbuja

La oficina china de Estadísticas publicó esta semana los últimos datos relacionados con la vivienda. En las zonas urbanas, mucho más caras que las rurales, el coste medio mensual del alojamiento ascendió a unos 70 euros (680 yuanes) por persona . Prácticamente todos los expatriados que conozco, pagan por sus pisos precios superiores a los 5.000 yuanes. Algunos, hasta 20.000.

Con una diferencias tan grandes entrela realidad de unos y otros, ¿no es complicado que abandonemos nuestra burbuja y salvemos la brecha que nos separa de la sociedad china?

Los ojos rasgados no venden

Ser racista, considerar a una raza superior al resto de los mortales, es despreciable. Si, además, piensas que la tuya es la menos atractiva, inteligente o capacitada, denota cierta inseguridad, una rendición a lo ajeno.

En las calles comerciales de las grandes ciudades chinas, la publicidad habla por si sola. Modelos occidentales, hombres y mujeres, copan los cartelones que acercan las tendencias de la moda a 1.300 millones de chinos. Las multinacionales del sector, pero también muchas empresas domésticas, prefieren evitar los ojos rasgados en sus campañas. El caso más claro es el de la ropa interior femenina, donde el menor volumen de pecho hace complicadísimo encontrar modelos asiáticas que desbanquen a las europeas o americanas.

Pero el fenómeno no tiene sólo que ver con la sensualidad. Incluso en el caso de productos destinados a la familia o a los niños, las estampas son más propias de Copenhague que de Pekín. Las pantallas de la capital muestran a pie de calle niños rubios jugando en un parque con sus padres (rubios también) mientras sus abuelos (canosos, pero presuntos ex rubios) les observan.

El caso es que estas campañas venden. Y no sólo productos, sino estatus. Algunos jóvenes universitarios, conscientes de que en la China actual el título no les garantizará un empleo, empezaron hace algunos años a buscar el atajo de la belleza. Las operaciones de cirugía estética se dispararon, muchas con un mismo objetivo: conseguir un aspecto más occidental. La favorita es la blefaroplastia o doble párpado, pero le siguen de cerca el aumento de pecho y la búsqueda de una nariz más apuntada, todos rasgos poco locales.

La estética del éxito queda perfectamente reflejada en los flyers de una de las principales discotecas de China, el 88. La franquicia tiene locales repartidos por las principales ciudades del país y trata de lograr una imagen de alta exclusividad. En su recepción, junto al ropero, se pueden comprar, entre copa y copa, bolsos de 10.000 euros. Es además, uno de los pocos locales de ocio nocturno donde los jóvenes chinos superan abrumadoramente a los expatriados. Su campaña de promoción, con dos jóvenes occidentales como reclamo, no deja, sin embargo, lugar a dudas: el glamour es occidental.

El sexo, enemigo político

El sexo aterra a las dictaduras. Se autoproclamen de izquierdas o de derechas, prácticamente todos los regímenes totalitarios de la Historia parecen creer que es en los dormitorios, entre gemidos, donde se trama su derrota. La libertad sobre tu propio cuerpo, con quién y cómo decides disfrutar, es algo imperdonable para aquellos que tratan de introducir la ideología o la religión, según el caso, hasta el ámbito más íntimo de sus ciudadanos.

China ha dado un nuevo paso en ese sentido. La dictadura del pueblo ha decidido que el propio pueblo no hable de sexo. O al menos que no escriba sobre ello. Una sexóloga china se ha quejado de que la censura que el Gobierno ejerce sobre la Red está afectando a su trabajo.  Desde hace semanas, los correos que contenían la palabra sexo, un buen porcentaje en el caso de una sexóloga, eran interceptados.  Desde su servidor de correos se lo confirmaron: un empleado le aseguró que tan pronto como eliminara la palabra prohibida podría seguir utilizando su correo con normalidad.

La actitud del Partido recuerda, en parte, a la obsesión compulsiva de la Iglesia Católica con la vida sexual tanto de sus parroquianos como de los ajenos. El ridículo llega hasta el punto de que otro de los términos en cuarentena son las palabras “hermano y hermana” siempre que vayan unidas. Los censores ven en ello una clara alusión al incesto. El razonamiento es equiparable a tachar a “El hombre que susurraba a los caballos” de pornografía zoofílica.

La represión sexual  alcanza también al mundo audiovisual. Hace unos años, el Gobierno decidió restringir en las producciones nacionales los contenidos poco respetables. La medida incluía, por supuesto, “las actividades sexuales, escenas de violación o prostitución, exposición obscena de genitales o pervertidos sexuales”, pero también conversaciones vulgares,  “canciones sucias y ciertos efectos de sonido”.

Consuela que los jóvenes chinos, como muchos cristianos en el caso de la Iglesia, viven la sexualidad con mucha más normalidad que sus dirigentes. Cada vez es menos raro ver jóvenes besándose en público con una efusividad incompatible con la abstinencia en privado. Más del 70 por ciento de los jóvenes chinos reconoce haber tenido relaciones prematrimoniales y el consumo de juguetes sexuales no hace más que crecer. La censura y la represión sólo han conseguido darle al sexo una pátina de modernidad, de revolución. Del puritanismo que impuso Mao contra el libertinaje de occidente, y que él nunca cumplió, apenas queda en la calle un vago recuerdo.

(Magnífico documental “La revolución sexual china”)

 

Máscaras fuera

Las situaciones críticas permiten a un pueblo mostrar su imagen más sincera. Los desastres naturales son como las borracheras, hacen caer las mascaras y convierten al valiente en héroe, al precavido en temeroso y al mezquino en un verdadero hijo de puta. Quizá por eso reconforta la reacción de los chinos al ver la entereza con que se han comportado sus vecinos de Japón.

No es ningún secreto que el expansionismo nipón de pasado siglo provocó una riada de odios por toda Asia. En Nanjing, a unos kilómetros de Shanghai, los soldados japoneses asesinaron a sangre fría a cientos de miles de hombres y violaron sistemáticamente, a veces hasta la muerte, a millares de mujeres, desde niñas hasta ancianas. Esta humillación fue la chispa que prendió de nuevo el nacionalismo chino y no es difícil encontrar personas mayores a las que les arde la mirada cada vez que alguien les habla del Sol Naciente. “Bu hao, hen bu hao”; “malo, muy malo”, explican meciendo la cabeza.

Sin embargo, los jóvenes chinos son diferentes. En sus retinas no pesan las impresionantes imágenes de la matanza ni conocieron a ninguna de sus víctimas. Han crecido asociando el país a la tecnología que desde hace unos años inunda el mercado chino. A sus ojos, Japón fue capaz de superar la derrota de la Segunda Guerra Mundial y de convertirse en una potencia mundial. “Nosotros crecemos, pero seguimos siendo pobres”, me explica Wan Lei, un universitario de Cantón. El civismo y la resignación con los que la sociedad japonesa está encajando uno tras otro los desastres de la última semana, ha impresionado a los jóvenes chinos. Muchos reaccionan con un pesimismo muy alejado del nacionalismo de sus abuelos. “Aquí nos mataríamos por conseguir un kilo de arroz, no se podría salir de casa”, confiesan. Las tragedias, saben, son caldo de cultivos para los peores instintos. El martes por la noche, bajo el torrente de información que llegaba de Japón, comenzaron a circular mensajes falsos que atribuían augurios catastróficos a la BBC. Según los textos, la radiactividad llegaría en unas horas a Shanghai. Pese al desmentido, al día siguiente, la sal yodada se agotaba en buena parte de los establecimientos de la costa este.

Pero en China también hay quien demuestra que las tragedias pueden unir pueblos. Durante el fin de semana después del terremoto, cuando aún no se sabía nada de las consecuencias del desastre, algunos internautas mostraron en las redes sociales chinas su alegría por la desgracia de Japón. “Lo tienen merecido”, se vanagloriaban. La reacción fue inmediata. Cientos de comentarios tacharon durante horas a los autores de “miserables” y “despreciables”. Aun sin desastres, en China también hay pequeños héroes dispuestos a combatir los hijos de puta.