Máscaras fuera

Las situaciones críticas permiten a un pueblo mostrar su imagen más sincera. Los desastres naturales son como las borracheras, hacen caer las mascaras y convierten al valiente en héroe, al precavido en temeroso y al mezquino en un verdadero hijo de puta. Quizá por eso reconforta la reacción de los chinos al ver la entereza con que se han comportado sus vecinos de Japón.

No es ningún secreto que el expansionismo nipón de pasado siglo provocó una riada de odios por toda Asia. En Nanjing, a unos kilómetros de Shanghai, los soldados japoneses asesinaron a sangre fría a cientos de miles de hombres y violaron sistemáticamente, a veces hasta la muerte, a millares de mujeres, desde niñas hasta ancianas. Esta humillación fue la chispa que prendió de nuevo el nacionalismo chino y no es difícil encontrar personas mayores a las que les arde la mirada cada vez que alguien les habla del Sol Naciente. “Bu hao, hen bu hao”; “malo, muy malo”, explican meciendo la cabeza.

Sin embargo, los jóvenes chinos son diferentes. En sus retinas no pesan las impresionantes imágenes de la matanza ni conocieron a ninguna de sus víctimas. Han crecido asociando el país a la tecnología que desde hace unos años inunda el mercado chino. A sus ojos, Japón fue capaz de superar la derrota de la Segunda Guerra Mundial y de convertirse en una potencia mundial. “Nosotros crecemos, pero seguimos siendo pobres”, me explica Wan Lei, un universitario de Cantón. El civismo y la resignación con los que la sociedad japonesa está encajando uno tras otro los desastres de la última semana, ha impresionado a los jóvenes chinos. Muchos reaccionan con un pesimismo muy alejado del nacionalismo de sus abuelos. “Aquí nos mataríamos por conseguir un kilo de arroz, no se podría salir de casa”, confiesan. Las tragedias, saben, son caldo de cultivos para los peores instintos. El martes por la noche, bajo el torrente de información que llegaba de Japón, comenzaron a circular mensajes falsos que atribuían augurios catastróficos a la BBC. Según los textos, la radiactividad llegaría en unas horas a Shanghai. Pese al desmentido, al día siguiente, la sal yodada se agotaba en buena parte de los establecimientos de la costa este.

Pero en China también hay quien demuestra que las tragedias pueden unir pueblos. Durante el fin de semana después del terremoto, cuando aún no se sabía nada de las consecuencias del desastre, algunos internautas mostraron en las redes sociales chinas su alegría por la desgracia de Japón. “Lo tienen merecido”, se vanagloriaban. La reacción fue inmediata. Cientos de comentarios tacharon durante horas a los autores de “miserables” y “despreciables”. Aun sin desastres, en China también hay pequeños héroes dispuestos a combatir los hijos de puta.


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Chicas dóciles

Algo avergonzado, consciente de que paga con dinero lo que ya no puede conseguir por otros medios, un hombre occidental de unos setenta años se abraza a una jovencita china, de apenas veinte, en una discoteca de Shanghai. Ni siquiera hablan. Él es demasiado mayor para ponerse a aprender mandarín y ella apenas es capaz de balbucear unas palabras en inglés. Se limitan a permanecer juntos. Ella baila mientras él, pegado pero quieto, la agarra. Trata de mantener la dignidad todo lo posible dadas las circunstancias.

Es una excepción. No resulta extraño ver hombres maduros, más allá de los 50, que empujados por la testosterona y el alcohol acaban subidos a la barra del brazo de alguna china mientras sus compañeros de trabajo los jalean. Él no. Se limita a esperar que pase el tiempo. Esa misma noche, se acuestan. Ella salda la deuda y, además de una noche de gasto muy por encima de sus posibilidades, se saca algo de dinero para caprichos. Si tiene suerte, al día siguiente repetirá con el mismo empresario. Si no, será con otro.

La historia se repite por gran parte de los bares de Cantón, Beijing o Shanghai. Por lo general, cuantos más occidentales, más putas. Son los europeos y americanos, fuente inagotable de dinero fácil, quienes provocan la demanda. La miseria que envuelve a gran parte de la población se encarga de la oferta. No resulta raro que en los alrededores de las principales ferias empresariales haya chulos repartiendo fotos de chicas como si fueran tarjetas de trabajo. Incluso aprovechan las ventanas de los taxis, abiertas durante el verano, para deslizar folletos llenos de contactos. Saben que es un negocio seguro. Los mismos que en España miran con recelo al novio de su hija y creen en la virginidad hasta el matrimonio, aprovechan la lejanía de casa para acostarse con chicas a las que triplican la edad. Muchos lo convierten incluso en tema de chanza y preguntan entre risas, sin repartos: “¿Donde podemos encontrar, ya sabéis, chicas dóciles?”.

Y los bares lo consienten. Curiosamente, cuanto más caros y exclusivos sean, más prostitutas buscan clientes. Algunos exhiben carteles anunciando la prohibición, pero nadie hace nada para cortar un negocio que resulta lucrativo para todas las partes implicadas.

Las autoridades tampoco se dedican en cuerpo y alma a parar el tráfico de mujeres. Cada año cientos de miles de mujeres son detenidas y fichadas, pero prácticamente siempre las redadas se dedican a la prostitución de bajo nivel. La de los antros de masajes que proliferan por barrios humildes. En China con el dinero, más si cabe cuando es extranjero, nadie se mete.

En China no se mata lo suficiente

China es el país que más mata del mundo. Entre 2.000 y 3.000 personas son ejecutadas cada año según las estimaciones más conservadoras. Algunas ONG’s, como Amnistía Internacional, creen que la cifra real es mucho mayor. Nunca se sabrá. La falta de transparencia del régimen sólo permite suposiciones más o menos acertadas, ninguna certeza.  En todo caso, para algunos sectores de la prensa china no son suficientes. El pasado 17 de febrero, un periódico del país asiático lamentaba en su portada on line las consecuencias que el descenso en las condenas a la pena capital acarrean a la población. La política china de transplantes empieza a notar la escasez de órganos y las listas de espera se alargan más que nunca.

En China, como tantas cosas, la política de donaciones procedentes de presos ejecutados se mueve entre sombras. Según la ley, los organos se utilizan solo en caso de que el reo o su familia así lo hayan dispuesto o si nadie reclama el cuerpo. Es este último criterio el que crea más dudas sobre la honestidad de la gestión. Muchas familias no se enteran de la ejecución del reo hasta días después de que el cuerpo haya sido cremado cuando el imposible realizar las comprobaciones de rigor. Hasta ahora, un buen porcentaje de los órganos donados procedía de esta inacabable fuente.

Sin embargo, en 2007, presionadas por la comunidad internacional, las autoridades chinas accedieron a introducir nuevas garantías en casos de pena capital. Desde entonces el Tribunal Supremo debe confirmar cada sentencia antes de que sea ejecutada. Este año China ha dado un nuevo paso y eliminado del catálogo de delitos penado con la muerte 13 delitos económicos. Aunque las cifras seguirán siendo oscuras, la consecuencia directa la medida es una nueva reducción del número de ejecuciones y por tanto de donantes.

Pero no hay roto para el que China no tenga un remiendo. Visto el floreciente mercado ilegal de órganos que la escasez ha provocado, China estudia condenar a muerte a quienes trafiquen con ellos. Los mismos que ahora se lucran con el mercado negro pasaran pronto a engordar el almacen de órganos que el Estado mantiene en sus cárceles. Un solución salomónica que da muestras del, no siempre bien entendido, pragmatismo chino.

Novio de alquiler

A la búsqueda de novio de alquiler

Ser joven en china supone tener que arrastrar los prejuicios de toda la familia. Y a veces pesan mucho más de lo que alguien puede soportar. Cuando una chica permanece soltera más allá de los 25 años, su círculo cercano se empieza a inquietar. Es común que las amigas la acompañen a solicitar un novio a los templos e intercedan para conseguirle pareja.

En el caso de los chicos es casi peor. Las políticas de hijo único provocaron que muchas familias evitaran tener hijas y, por tanto, un tremendo desequilibrio entre sexos. Alrededor de un 20 por ciento de los jóvenes chinos jamás encontrará pareja. Sobrevuela, además, sobre la soltería masculina el fantasma de la homosexualidad, una realidad aún clandestina para buena parte de la sociedad china.

Para la familia el paso del tiempo vuelve la cuestión aún más urgente. Muchos profesionales empiezan a mediados de sus 20 a recibir presiones cada vez más explícitas por parte de sus allegados. Existe la creencia de que por encima de esa edad ha llegado el momento de cazar aquello que pase por delante, el tiempo para elegir ya pasó. Es entonces cuando los progenitores toman las riendas. Cada fin de semana los mercados de noviazgos se llenan de padres desesperados que tratan de colocar, con o sin su consentimiento, a los hijos díscolos que aún no han encontrado pareja. Lo hacen de la forma más cruda. Los carteles que plagan el parque reflejan edad, altura, peso y el sueldo que ganan. Muchos de ellos incluyen foto. Se trata de un mercado de carne en el que los padres examinan la mercancía y deciden si es apta para sus crecidos retoños.

No es de extrañar que cada vez sea más común en China la figura del novio de alquiler. Los jóvenes profesionales urbanos que vuelven a casa con motivo del Año Nuevo chino pueden desembolsar entre 1.000 y 3.000 euros para evitar escuchar las mismas presiones de cada año. Es lo que cuesta en las redes sociales una pareja postiza durante la semana festiva. La oferta es extensa y tanto chicas como chicos pueden buscar aquel que más case con los gustos paternos.

Resulta curioso que los mismo chinos que amenazan con comerse el mundo no sean capaces de enfrentarse a su familia. Ejecutivos que dominan el destino de cientos o miles de empleados se vuelven pequeños y vulnerables en presencia de su madre. Da que pensar.